Esta vez decidió erguirse para poder así calcular la altura del extraño ser, que irreal le pareció, al menos en aquella ocasión en la que el yacía en el suelo de la habitación. La altura del ser era exagerada en demasía, sobrepasando por seguro el par de metros como hubo calculado anteriormente aquel hombre. Comenzó a hablar, aunque temblaba su voz, lo hizo con enorme decisión. Cuando hacia el ser se dirigió, pudo ver un ojo, solo, verde y brillante que le miraba de forma que parecía saber de antemano lo que se disponía a decir.
-No entiendo lo que escribo, ni se siquiera la razón, los números, los años muy lejanos aun son, ¿Son acaso predicciones, buen señor?
-Puede que sí, puede que no, céntrate solo en seguir escribiendo y dentro de poco podrás descansar tanto como desees y ya nunca más abras de preocuparte por tu aspecto o tu estado mental
Y como vino de nuevo se fue, como ya hizo la otra vez, aquel hombre alto y fuerte, blanca su tez, sonriente y oscuro a la vez.
Nuestro hombre cogió de nuevo lápiz y papel, para comenzar a escribir y poner fin al tormento que trajo consigo aquel extraño ser.
Así lo hizo durante horas, sin deberse ni un momento, olvidándosele comer y hasta dormir. Lo hizo así durante días, sin parar más que para coger más papel, pues se le gastaba continuamente y temía no tener suficiente para llegar hasta el final.
Nada consiguió descubrir que no hubiese ya descubierto en aquella semana larga, en la que adelgazo más de un kilo, lo cual era raro en el, ya que era de buen comer.
Tras casi dos semanas de incesante trabajo, consiguió al fin descubrir algo que le asusto tanto que dejo caer su lápiz al suelo y en tanto gritaba pidiendo socorro, revolvió sus papeles dejando que algunos cayeran y se mezclaran entre ellos, para hacer aun más pesada la búsqueda de la verdad.
Quería que aquel infierno terminase, prefería estar muerto a saber lo que nadie sabía, pues no era el suficientemente fuerte para soportar todo aquello. Alguien escucho sus súplicas e hizo que su corazón se parase. Deseaba morir y su deseo le fue concedido.
Y vio fugazmente mientras caía al suelo, abandonada ya toda esperanza, la figura del hombre de los zapatos negros, diciéndole adiós con la mano mientras sonreía, como siempre, aunque aquella sonrisa no era ahora amable, más bien le pareció burlona. Golpeóse la cabeza contra el suelo y allí quedo tendido, muerto, descansando por siempre. Se marcho con la muerte y con su sueño tan profundo, que es el único sueño capaz de poner fin a las vanidades, desgracias, alegrías y penurias de este mundo.
Pasaron días y semanas y una mañana en la que un vecino de aquel hombre salía a la calle, se detuvo este, frente a la puerta de su claustrofóbico piso y percibió un olor a putrefacción, fuerte y asqueroso. Sin dudas ni titubeos, abrió la puerta y miro al suelo y vio allí tumbado un cadáver, tan blanco como la leche, con una expresión de terror en el rostro y una nota en la mano.
Cogió la nota el vecino y la leyó varias veces, pues no lograba encontrar significado a aquella extraña frase. Había una fecha, pero que aún quedaba muy lejana y una advertencia. Pero si que había algo que era inteligible, decía “Cuidado con lo que deseas”.
No consiguió entenderla y arrojo la nota sobre el cadáver, haciendo que aquella inscripción se perdiera para siempre y que el trabajo de un hombre que había olvidado lo que era estar cuerdo, fuese inútil. Y la nota fue quemada junto a las otras en las que también habia fechas y advertencias, fechas que aun no habían llegado y que aun tardarían mucho tiempo en hacerlo.
martes, 26 de enero de 2010
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