miércoles, 24 de febrero de 2010

Nº 16: VUELVE

Trozos de cristal desparramados por un suelo encharcado. Fotos quemadas, empapadas en lagrimas. Un panorama desolador donde se respiraba dolor y olía a tristeza. Una mujer de pie deseando caer muerta. Parecía no haber otro modo de olvidarse de el. había pasado tanto tiempo con el que pensó que seria para siempre. ¡Déjame en paz, loca! ¡No vuelvas a llamarme! Pero solo quería hablar con el una vez mas.

Vuelve conmigo, gritaba en silencio. Su voz se había agotado hacía tiempo. Quizá fuese por eso por lo que llamar por teléfono no era el método mas adecuado para volver a contactar con el. No ofrecía respuesta. ¿Quien es? Silencio. ¿Quien es? mas silencio. ¿Eres tu otra vez? Ojala pudieras leerme la mente.

Alguien la había elegido a ella. La bruja le golpeó con su escoba de pequeña y desde entonces creyó estar maldita desde entonces. Hubo años en los que creía que la maldición había desparecido por completo. Pero volvió con mas fuerza, dejándola muda de golpe, sin mas ni mas sin saber como. dejándola sola, sin poder hablar siquiera consigo misma. La apartó del hombre que amaba. Nada peor para ella que la soledad total.

Noches y días lluviosos empapados en lagrimas. Ojos empañados que no dejaban ver. Vuelve conmigo, por favor. Había sido un cabrón. Te quiero, pero mi reputación se desmoronaría si se enteraran de que salgo con una muda de mierda. Ella no lo culpó nunca. Lo entendía, lo intentaba al menos y se decía a si misma que lo entendía.

Su casa se había convertido en un vertedero. Conteniéndola a ella. vagando sin rumbo, sin alma, sin ganas de mantenerse en pie. Había cuando se le ocurría dormir en el suelo. Nunca le dolia la espalda. Ya no le dolía nada mas que el corazón. Lloraba. Fuera llovía y dentro también. llovían lágrimas. Mojado el suelo, las fotos. Se habia golpeado la cabeza contra la ventana de su habitacion buscando la muerte. Inconsciente. Tan solo hallaste la inconsciencia. Dentro de poco despertaras y cuando lo hagas de nuevo lagrimas. Paquetes de pañuelos usados. Papeleras llenas, nunca se vaciarían Vuelve, ¡Oh Dios! ¡Olvidate! Nunca volvera.

sábado, 20 de febrero de 2010

Nº 15: FRÍO

Como en aquellas noches que recordaba lejanas, perdidas en el horizonte, abocadas al abismo más oscuro y espectral. Pensamientos danzando en su cabeza al son de una melodía macabra. Como en aquellas noches, hacia mucho frio.

Era la más fría y húmeda, la noche más horrible y agonizante de las que le había tocado vivir hasta aquel momento. Pero aun así, había una luz que le guiaba, algo por lo que luchar. Era lo único que le quedaba en aquel infierno de hielo. Y lo que le quedaba era la libertad, aunque el calor del cautiverio lo llamaba desde lejos con su canto de sirena y en su cabeza se dibujaban pensamientos que lo incitaban a regresar. "De todas formas, acabas de huir de un manicomio, si te entregaras de nuevo te acogerían con los brazos abiertos" le decía una voz. Algunos preferían llamarlo "centro de salud mental" pero Benjamín no quería llamarlo de ninguna manera, solo quería olvidar que alguna vez, no hace mucho, el estuvo recluido allí.

La huida le costó menos esfuerzo de lo que había calculado. Una vez fuera de aquel horrible lugar, donde cada noche un hombrecillo bajito y calvo de mirada penetrante y voz irritante caminaba sin cesar, intentando vigilar algo, una vez fuera de allí ya no sabía qué hacer. Estaba confuso. Su libertad le recluía en el frio, la incertidumbre y el no saber si vería otro amanecer. Las horas pasaban lentamente, riéndose de Benjamín cada vez que consultaba su reloj de pulsera.

Tenía hambre. Sus esfuerzos para escapar de allí, aunque leves, habían supuesto un gasto de energía considerable. No había nada que comer, solo un bosque que cruzar y después sueños de invierno, alguna civilización, una casa donde comer y dormir, solo sueños de aquel invierno y nada más. Fantasías de una mente enfebrecida y ofuscada con el mundo que le rodeaba, que no le dejaba sentir más que pena y dolor. Sufrimiento manchado de sangre, días grises más negros que blancos y noches frías y húmedas como el hielo, en las que costaba respirar. Cortando su cuello a los compas de los latidos de un corazón destrozado, sin pedazos que juntar, los pedazos de aquel destrozado corazón también se rompieron y era imposible reconstruir un corazón tan olvidado por el amor.

Sentado frente al bosque que debía cruzar, apoyado contra una roca reposaba el cuerpo de Benjamín. Hacia más de una hora que no se movía y no lo haría nunca más. Sus sueños antaño trabados, ahora se cumplirían y una vida llena de penurias y el más angustioso sufrimiento, quizás le reportara la alegría mas absoluta una vez se marchase de allí.

Observo su congelado cuerpo durante unos instantes y después se encamino hacia su autentica libertad. Ahora sí, era libre. Lo único que le privaba de una vida libre y feliz era la propia vida, su vida. Ahora sí, era libre, la muerte le otorgo aquella libertad que durante tanto tiempo anhelo y dibujo la felicidad en un rostro marchito, para que Benjamin nunca más dejase de sonreír.

viernes, 12 de febrero de 2010

Nº 14: ENCERRADOS

-¿Otro mas? – pregunto Dana
-Si, ya es el ultimo - contesto Jon
-¿Seguro? – Dana parecía muy decepcionada. Estaba sentada en su roído sillón verde, desgastado por el irremediable paso del tiempo.
-Seguro, no te preocupes lo tengo todo controlado – le dijo Jon, con una expresión de indiferencia mientras daba otro sorbo a su café
-Como puede ser que los otros, que los primeros….
-La desesperación hace que tomes decisiones equivocadas
-Pero ya se han equivocado varias veces, ¡Por Dios! Se ha equivocado cientos de veces y…
-¿Cómo va eso chicos? – La atractiva Sarah interrumpió la conversación. Era una mujer rubia, bastante alta y muy bella. Aunque solo fuese en apariencia ya que su belleza interior estaba completamente desgastada.
-Igual que ayer, y seguramente igual que mañana – dijo Jon
-Puede que este sea el momento de acabar con esto de una vez – Sarah parecía ofuscada - Llevamos ya varias semanas con esto y no hemos obtenido ningún resultado
-Puede que tengas razón – dijo Dana – además nuestros “colegas” no nos dejan en paz
-¡No! – Grito Jon – Se que la gente no entiende nuestra “labor”, pero tenemos que tener fe en nuestro trabajo y en nuestro destino, nosotros vinimos a este mundo para hacer esto
-Pero sabes que esto no es considerado un trabajo por la mayoría de la gente – le dijo Sarah
-Lo sé, pero debemos creer en nosotros mismos, somos “elegidos”
-En realidad, sabes que hacemos esto por gusto, porque somos unos depravados, aunque al menos, tenemos la capacidad para admitir que lo somos, pero aun así no dejaremos de serlo, y a los ojos de los demás…– decía Dana
-¡Me importa una mierda lo que digan los demás! ¡Tú harás lo que yo te diga! – Jon se marcho de la habitación dando un fuerte portazo, muy enojado.
-Creo que no puedo seguir con esto – Dana se derrumbo y comenzó a llorar, mientras su madre, la abrazaba.
-Pero no podemos hacer nada, tu padre tiene razón, algún día lo entenderás y entenderás que nuestra labor es importante
-Pero lo que hacemos está mal, mama, tú lo sabes. Solo sigues haciendo esto porque eres demasiado cobarde para decirle a papa que esta…
-¡Basta! ¡Cállate de una puta vez! ¡Vete a tu habitación, estas castigada! – Dana salió corriendo de la habitación, escapando de los gritos y del horrible gesto de enfado de su madre. Segundos después, Jon volvió a entrar en la habitación, aparentemente más calmado
-¿Qué ha pasado? – le pregunto Jon a su esposa
-Ha vuelto a hacerlo – le contesto Sarah
- Si, no acaba de entenderlo, ¿crees que deberíamos hacer algo?
-No, no debemos hacerle nada a ella, no a Dana no, es nuestra hija.

Dana estaba tendida boca arriba en su cama con los ojos enrojecidos y la mirada perdida en el techo de su habitación. Nunca había entendido lo que hacían sus padres, pero les apoyaba inducido por una fuerza que no lograba comprender. Aunque no creyera completamente en ellos, eran sus padres y sabía que debía apoyarlos.

A varios kilómetros de allí un hombre despertaba en una lúgubre habitación atado por los pies, sin recordar cómo había llegado hasta allí. Un fuerte dolor de cabeza le hacía fruncir el ceño y a duras penas podía vislumbrar algo. Cuando empezó a acostumbrarse a la tenue luz que iluminaba débilmente la estancia logro distinguir dos sombras que se movían delante suyo, una de ellas parecía mirarle.
-Por fin te has despertado, dormilón – dijo la desconocida sombra
-¿Quién es usted? – pregunto David, confuso y todavía un poco atontado
-Creo que ese dato es completamente irrelevante en estos momentos, amigo
-¡No me llame amigo!
-De acuerdo, enemigo mío, pero tranquilícese
-Si, tranquilízate, porque ya tendrás tiempo de ponerte nervioso y desesperar – una tercera persona tomo parte en la conversación. Era ligeramente más bajo que la persona que le había hablado en un primer momento
-¿Dónde estoy? ¿Qué pasa?
-Ojala lo supiéramos – dijeron las dos sombras al unisonó
-Mira – una de las sombras, la más bajita, comenzó a hablar – llevo aquí dos semanas y todavía no se qué hago aquí, que es este lugar, quien me trajo o como llegue, asique si tú supieras algo de eso, tendría ligeras sospechas sobre ti – hizo una pausa – un día, hace una semana más o menos, me desperté y el – señalo a la otra sombra – estaba tumbado junto a mí, dormido como un tronco
-Y hoy –la otra sombra continuo la explicación – cuando nos hemos despertado, tú estabas ahí tumbado, dormido como un tronco
-Pero no entiendo nada
-Ninguno entendemos nada – la sombra bajita comenzó a hablar de nuevo – ni como hemos llegado, ni donde estamos, ni quien nos trajo aquí
-Pero quizá lo peor – la sombra más alta tomo la palabra – sea que no sabemos cómo salir de aquí. Además estamos casi seguro de que no estamos solos. Puede que estemos paranoicos, pero estamos casi seguros de que alguien nos está observando.
-Eso no son más que tus tribulaciones – dijo la sombra bajita – no estamos seguros

-Mira, se ha despertado el último – dijo Sarah
-Bien – Jon sonrió.

jueves, 11 de febrero de 2010

Nº 13: EL HOMBRE DE NEGRO

En el exterior nevaba. La tormenta era cada vez más intensa y hacia que el cielo nocturno se iluminara por momentos. Lucas no recordaba una tormenta tan brutal. El sonido de los truenos enmudecía el televisor y casi como un resorte Lucas salto con aquel ultimo trueno, el que había sido más fuerte que todos los anteriores.

Se estaba quedando dormido, pero aquel último trueno lo despertó del todo e hizo que volviera a la realidad. En el televisor un hombre mostraba a cámara un cuchillo del que decían que cortaba todo lo que se propusiese. Miro el reloj. Eran más de las dos de la madrugada de un lunes de septiembre y aun seguía buscando un camino que recorrer.

Su curiosidad le llevo a asomarse por la ventana de la sala de estar. En el exterior nevaba. La tormenta era cada vez más intensa y hacia que el cielo nocturno se iluminara por momentos. Aquellos truenos eran como de fuego y los relámpagos conseguían convertir la nocturna imagen de la ciudad en un día soleado durante unos instantes. Eran tan fuertes que cegaban.

Se quedo mirando por la ventana, ensimismado con las más insignificantes minucias. Había adquirido la capacidad de sacarle el lado entretenido a todo. Su infinita e inagotable imaginación, le hacía viajar por insólitos parajes, aunque su cuerpo no se moviese de allí. Imagino montañas nevadas, bosques blancos, tan blancos como la leche, los copos caían sin cesar y el era feliz, en todos sus viajes era feliz.

Algo llamo su atención al otro lado de la ventana, algo que lo saco de su viaje. Allí, en el exterior, vio a un hombre que permanecía quieto en medio de la helada carretera, que serpenteaba, flanqueada por dos aceras y otras tantas hileras de coches. Iba vestido completamente de negro, con un viejo gabán y un sombrero de copa que cubría su cabeza. No se movía, parecía estar esperando algo. De repente aquel extraño hombre, abrió sus brazos y levanto su vista al cielo, dejando caer al suelo su sombrero de copa. La nieve le golpeaba la cara. Lucas escucho en ese momento la voz del hombre, pero no pudo distinguir palabra alguna. Se cayó por un momento y siguió allí quieto durante varios instantes, con los brazos en cruz y mirando al cielo. Luego cerro sus brazos con un movimiento rápido se giro, recogió su sombrero del suelo, se lo puso de nuevo y comenzó a ascender por la carretera en dirección a la casa de Lucas. Este, lo siguió con la mirada hasta que su figura quedo tapada por el propio bloque de pisos donde residía nuestro amigo.

Corrió entonces hacia la ventana de la cocina, que daba al lado opuesto de la calle. No sabía porque, pero aquel hombre ejercía una especie de fuerza sobre el que le obligaba a mirarlo. Una atracción completamente hipnótica.
Observo desde la otra ventana que aquel hombre se acercaba decidido hacia su portal. Observo que entraba en el portal, como si viviera allí dentro, ¿Vive aquí? Se pregunto Lucas. El nunca lo había visto y seguramente se hubiese fijado en un vecino de aspecto tan curioso.

Se aparto de la ventana de la cocina y sin pensárselo dos veces, apretó su cuerpo contra la puerta de la entrada, abrió la mirilla y cerro un ojo para observar mejor con el otro a través de ella. Fuera vio que la luz del rellano estaba encendida y escucho unos pasos que subían. El hombre vestido de negro estaba utilizando las escaleras. A pesar de su aspecto, más bien anciano, utilizaba las escaleras.

El corazón de Lucas comenzó a latir cada vez más fuerte, sentía que iba a salírsele del pecho. El hombre se estaba acercando, su corazón latía cada vez más fuerte, los pasos cada vez más cercanos y Lucas notaba que estaba empezando a marearse.

Y de pronto el hombre cruzo por delante de su puerta. Lucas intento verle la cara, pero aquel sombrero de copa que portaba le cubría la cara casi por completo. Tan solo pudo ver una larga barba blanca, bajo una nariz afilada. Pero sus ojos permanecían ocultos en la sombra que creaba el sombrero.

Fueron escasos segundos, algo fugaz. Lucas ni siquiera pudo distinguir su cara, pero sintió miedo. Miedo a lo desconocido, miedo hacia aquel extraño hombre…

miércoles, 10 de febrero de 2010

Nº 12: LA ESCALERA

Su vista se esclareció y miro hacia el techo, hacia mucho frio. Nunca hacia frio allí, pero aquel día era casi insoportable. Incorporándose golpeo con su brazo derecho un vaso de agua que reposaba sobre la mesita de noche, derramando por la moqueta el agua que contenía. Se quedo mirando el vaso durante unos segundos antes de afanarse en recogerlo y volver a colocarlo sobre la mesita.

Se puso en pie y se estiro al tiempo que bostezaba, haciendo que sus huesos se desentumecieran. Salió después de su habitación pero no se dirigió hacia el baño, tan solo quería ir a la cocina para beber un vaso de agua y regresar a la cama. No tenía nada que hacer aquella mañana, asique decidió dormir hasta que no pudiera mas, pues había tendió una semana muy estresante y quería encontrarse completamente relajado.

Cruzo el salón adormilado y mirando el suelo por el que caminaba. La sala era de un tamaño considerable, con unos amplios ventanales que daban a la calle, un sillón para tres personas estaba agolpado contra la pared de la izquierda y otros dos individuales daban la espalda a las ventanas. Frente al sillón grande había una mesita con cajones, sobre la que se encontraba una tele de color plata. La tele estaba flanqueada a ambos lados por estanterías repletas de libros de toda clase, novelas, ensayos, libros recopilatorios de relatos, libros de texto sobre medicina, ciencia, historia y un largo etcétera.

Diego entro en la cocina frotándose los ojos y se dirigió hacia el fregadero donde se encontraban los vasos limpios. Cogió uno y lo examino para cerciorarse de que estaba completamente limpio. No se fiaba de haber dejado todo completamente limpio la noche anterior, pues antes de cenar estuvo fumando marihuana y tras la cena, cuando le toco fregar, aun estaba bastante aturdido y limpio todo con rapidez para meterse en la cama lo antes posible.

Sus sospechas eran correctas. El vaso que cogió tenía una mancha de tomate en la parte inferior, lo extraño es que la mancha estaba por dentro y no por fuera como debería estar al haber apoyado el vaso sobre un palto manchado de tomate. Pero no le dio más vueltas a aquel detalle, limpio el vaso, cogió una botella de la nevera, llenó el vaso de agua y se la bebió de un trago. Volvió a rellenarlo una vez más y esta vez le hicieron falta tres tragos para terminárselo.

Aclaro el vaso y volvió a dejarlo en el fregadero. Salió de la cocina para dirigirse de nuevo a su dormitorio, pero ya se había despabilado y sabía que no volvería a encontrar el sueño aquella mañana de verano. Optó entonces por sentarse en su sillón favorito, uno de los individuales y mirar la tele durante un rato antes de desayunar.

Mientras se dirigía hacia el sillón, vio algo que hizo que se despertara de golpe. Al lado de su sillón favorito, que era lo primero que compro cuando se mudo a su nuevo hogar y del que guardaba gratos recuerdos, bien solo o acompañado, había una especie de agujero. Dejo a un lado el interrogante de cómo demonios había ocurrido eso y se acerco al agujero, muy asustado, esperando encontrar cualquier cosa, aunque en su fuero interno sabia que a través del hueco seguramente vería la casa de su vecino de abajo y le preguntaría furioso como había ocurrido aquello. Pero no fue así.

A través de aquel agujero, que era considerablemente más grande de lo que Diego había pensado en un primer momento, pudo ver unos escalones que descendían, uno, dos tres, cuatro escalones y después…el abismo, la oscuridad total, pero ¡Que demonios! exclamó en voz alta.

Se quedó allí mirando aquello, dejando que su vista se perdiera en la oscuridad de aquel agujero, olvidándose por completo del televisor, de su sillón, de la sala, de su casa. Se quedó allí, hipnotizado, observando la oscuridad…

martes, 9 de febrero de 2010

Nº 11: NOCHES DE SEPTIEMBRE

La mañana del veintisiete de septiembre del año 2013, Daniel Carrillo se despertaba como cada mañana a las siete para ir a trabajar. Abrió sus pequeños ojillos y vislumbro el techo de su ordenadísima habitación. Le gustaba tener ordenado, todo atado y bien atado. Cuando recobro la noción del tiempo y de la realidad, se incorporo y hecho un vistazo a su cuarto. Todo estaba bien ordenado. Era un cuarto sobrio, tan solo dos muebles, una mesa y una estantería de tamaño importante, servían de decoración. Una ventana doble dejaba entrar la luz del mañanero sol de aquel septiembre.

Sin más dilación, se levanto de la cama y dirigió su enorme y gorilesco
cuerpo hacia el lavabo, que se encontraba enfrente justo de su habitación. Sabía que no debía hacer mucho ruido, pues su compañero de piso, Miguel aun dormitaba en la habitación que se encontraba a la derecha del baño. O eso fue lo que él pensó, pues se sorprendió mucho al cruzar el angosto pasillo y ver que la puerta de la habitación de su compañero estaba completamente abierta. Su cara apareció, con un gesto de curiosidad en el umbral de la puerta de la habitación de Miguel, intentando pillarle y preguntarle que hacia levantado a esas horas. Pero no había nadie. La cama de Miguel estaba deshecha y su habitación estaba bastante menos ordenada que la de Daniel. Se sorprendió de que su compañero no estuviera durmiendo, ya que acostumbraba a dormir hasta las doce, se sorprendió de que no estuviera en casa, pues Miguel acostumbraba a salir de casa casi cuando caía la noche, para ir a trabajar como hombre de seguridad en una discoteca de la localidad. Pensó que algo le debía haber pasado y no le dio más importancia en ese momento.

Entro en el servicio y tras abrir el grifo del lavabo, observo su reflejo en el espejo mientras el agua corría sin oposición. Allí, había un hombre de aspecto joven y un tanto peculiar. Tenía unos pequeños ojos, casi achinados, colocados perfectamente en una cara que parecía pertenecer a una de esas estatuas griegas de ángulos perfectos. Una nariz aguileña reposaba sobre una boca de labios carnosos, y todo eso le otorgaba una expresión peculiar y ligeramente intimidante, ya que su cuerpo era tan grande y musculado que casi parecía grotesco.

Se lavo la cara e intento recordar que había hecho el día anterior, aun preocupado por su amigo Miguel. Se preguntaba si lo había visto el día anterior, pues era cierto que muchos días, e incluso semanas, aunque en contadas ocasiones, no se veían el uno al otro a pesar de vivir en la misma casa. Intento recordar, pero no recordaba nada. Había una laguna en lo más profundo de su mente que crecía, a pasos agigantados, como la mala hierba. Decidió no comerse más la cabeza y regreso a su habitación para ponerse sus roídos pantalones de chándal e ir a desayunar. Rebusco en su armario y al fin hallo sus pantalones, se los puso y se detuvo, otra vez a observar su habitación. Su vista se detuvo en el calendario de forma triangular que reposaba sobre la cama. Daniel acostumbraba a tachar los días que ya habían pasado, y rodeaba aquellos que eran, fueron o según sus no siempre acertadas deducciones, serian buenos. El último día tachado era el veintitrés de septiembre, 2013… “Quien fue el estúpido que les dijo a los mayas que el mundo se acabaría en 2012” pensó, al tiempo que sonreía.

Reanudo su camino hacia la cocina con la esperanza de encontrar algo decente que desayunar y lo encontró en el primer armario que abrió, “Aun, cereales” se dijo, haciéndosele la boca agua.

Dejo el paquete de cereales sobre la mesa y enchufo la vieja, aunque no obsoleta radio que le había legado su padre antes de morir. No se oía nada, “Que extraño” pensó. Intento varias veces sintonizar algo, alguna emisora, pero no se escuchaba nada claro, solo un rugido sucio, lo que sería la llamada nieve que se ve en la tele cuando no hay ningún canal sintonizado.

Ceso en su intento de encontrar alguna emisora disponible. Cada vez estaba más perplejo y ahora si estaba empezando a preocuparse…

jueves, 4 de febrero de 2010

Nº 10: SOLO

El invierno había caído hacia ya unos días. La nieve cubría su casa, su jardín, los antiguos lugares en los que jugaba y reía con su familia y que ahora le parecían tan fríos y distantes como el propio invierno.

Sentado en el viejo sillón de la salita de estar, recordaba momentos vividos, sabía que si había algo en el mundo que nunca podrían quitarle, eran esos recuerdos. Ya le había quitado todo lo que más quería, a su familia y a su novia. Le habían quitado a su padre cuando era el único que le quedaba. Fue fusilado aquel septiembre que nunca olvidaría y desgraciadamente, no por haber sido uno de los mejores de su vida.

Tras pasar tanto tiempo encerrado, comiendo lo que nunca hubiera jurado que comería, y tan solo porque el hambre siempre le ganaba la partida, tan solo porque sabía que si jugase a ganar con el hambre, la muerte lo esperaría después y no podría ganar a los dos, nadie podría. Aunque hubo quienes lo intentaron, todos fracasados, todos muertos.

El había burlado a la muerte tantas veces que en ocasiones llego a pensar que ya estaba muerto, pero esa idea se borraba rápidamente de su cabeza al recorrer con su mirada el desolador panorama que le rodeaba y convencerse a si mismo que aquello no podía ser el cielo, ni siquiera el infierno, porque era peor que el infierno, estaba seguro.

Y después de tanto dolor, pena y sufrimiento, había regresado a casa, pero ya no había nadie allí, tan solo estaba él, él y su dolor, él y su pena, el, solo él. Recordó como había llegado hasta allí. Lo habían capturado junto a su padre y los enemigos, se disponían a darles muerte a los dos con sendos y certeros disparos de sus rifles. Sin que nadie hubiera reparado en ello, el se percato de que la soga con la que le habían atado pies y manos no estaba lo suficientemente ajustada. Aprovecho un momento de confusión entre los soldados enemigos y antes de que le colocaran la capucha en la cabeza se soltó con maestría y salió huyendo despavorido de allí, dejando atrás a su padre, atónito y aun pudo ver como una bala cruzaba su cabeza.

Recorrió varios bosques, tuvo que cruzar ciénagas y lodazales y buscar cobijo en las cuevas que hallaba cruzando las altas montañas. Siempre alerta y durmiendo con un ojo abierto. Durante semanas, se alimento de los pocos animales que cazaba y pescaba y de las frutas que lograba alcanzar.
Un día, diviso en la lejanía una granja, apartada del mundo y aparentemente deshabitada, pero se llevo una enorme sorpresa al ver que allí residía un antiguo militar del ejército enemigo. Le conto su historia, su viaje, y el antiguo soldado, que había jurado que ya nunca volvería a matar a nadie más, y que estaba intentando limpiar su alma realizando buenas acciones le acogió en su casa, dándole comida y cama durante otras tantas semanas, a cambio de su trabajo y esfuerzo físico.

Nunca olvidaría la mañana en la que el soldado lo despertó diciéndole que todo había acabado y que podía regresar a su casa, nunca olvidara aquel momento en el que no pudo dejar de soñar con volver a su familia, pero al regresar a su hogar, tras despedirse del antiguo militar, sus sueños se destrozaron al ver que tan solo quedaba él.

Pero nunca se rindió, nunca pensó en dejarlo todo y poner fin a su vida, continuo luchando y siguió viviendo en la casa donde desde pequeño había vivido, donde había crecido junto a su familia, que realmente nunca se fue del todo, pues durante muchas noches, sus hermanas y su madre le visitaban y él hablaba con ellas. Pero su padre nunca apareció. No sabía si eran sueños, o era la realidad, o una mezcla de las dos, ideas de su cabeza, que tan solo aparecía en aquellos días en los que no hallaba por ninguna parte la manera de dormir, pensando siempre en su padre, al que había abandonado allí, al que había visto morir, pero “¿Qué podía hacer yo?” se preguntaba a medianoche, “yo hice lo único que pude hacer, salvar mi vida…” y quizá tuviese razón, pero a pesar de rezar a dios, de intentar contactar con su padre de mil y una maneras, este siempre se negaba a aparecer y cuando preguntaba a sus hermanas o a su madre por él, siempre le decían “El ya no quiere verte, lo siento”.

Muchas noches, mientras sollozaba con la cara aplastada contra la almohada, rogaba a dios que cumpliera el único deseo que jamás le había pedido, pero su padre nunca apareció.

martes, 2 de febrero de 2010

Nº 9: ¿RECUERDAS?

Para alguien especial:
Hubo un tiempo en el que lloraba por conseguirte, y cada día que pasaba sentía que te tenía más cerca, pero nunca te atrapaba, a veces por ti y otras por mí. Me tumbaba en la cama pensando en todo aquello que había fallado y me prometía que no volvería a cometer los mismos errores, pero seguí haciéndolo.

Hasta que un día te conseguí y ni siquiera yo sé cómo ni porque volví a perderte. Pero tú me querías de verdad, lo sabía y supe que me darías otra oportunidad, aunque nunca me lo dijiste. Así fue como te conseguí de nuevo y me jure que ya nunca mas volvería a pasar nada que nos separara. Pero hay cosas que ni yo nadie puede controlar y paso lo que tenía que pasar.

Quizás sea verdad lo que todo el mundo decía, que no estábamos hechos para estar juntos, aunque tus amigas decían que hacíamos buena pareja, pero en realidad sabían que no duraríamos ni un verano.

Y cuando volví a perderte, tú rehiciste tu vida, intentando olvidarme y muchas veces creía que lo habías conseguido aunque sé que nunca sabré si me equivocaba o no. A mí me costó muchísimo olvidarte, más de lo que nunca hubiera imaginado. Durante años, volvía a ver aquellas imágenes, aquellos momentos en los que nos abrazábamos y mirábamos las estrellas juntos, en los que yo hacía como que sabia todas las constelaciones y te explicaba conjuntos de estrellas que ni siquiera existían, pero lo hacía solo porque verte sonreír era lo que me devolvía el aire que me robaba tu mirada, ¿Recuerdas?

Aun hoy, tantos años después sigo queriéndote como el primer día, pero volver a estar junto a ti es solo un sueño que a veces se convierte en pesadilla y no puedo escapar de ti.
Sé que nunca leerás esta carta, pero solo la escribo para desahogarme y… si da la casualidad de que la lees algún día, por favor, no me lo digas, ni siquiera está acabada, simplemente he puesto lo primero que me ha salido.
Te quiero, siempre.
Marcus

Dana releyó la carta por dos veces, sin poder creerse lo que estaban viendo sus ojos. Aquel chico por el que suspiro tantos años y que la había usado y después la había tirado, el chico al que a pesar de todo lo que le hizo volvió a ofrecerle otra oportunidad, en realidad la quería más de lo que nunca le demostró y puede que por eso ya no estuviesen juntos.

Dejo la carta dentro de la caja de donde había salido. Estaba a ayudando a Marco a hacer al mudanza. Marco había entablado una relación con una nueva chica y ahora Dana era una de sus mejores amigas.

Como buena amiga no dudo un momento en ayudarle en hacer la mudanza, en realidad le debía muchas cosas y muchos momentos. Cogió otra caja y la metió en el camión. En ese momento Marcus salió de la casa que iba a abandonar y dejo un caja en la entrada, Dana se quedo mirándolo desde la parte trasera del camión. Este se dio cuenta y la miro durante unos segundos, pero volvió a introducirse en la casa.

Dana estaba hecha un lio, aun le costaba comprender todo lo que estaba pasando. Volvió a recordar todos aquellos momentos que vivió junto a Marcus. Recordó una de esas noches en las que observaban las estrellas sin que ninguno de los dos supiera cual era cada constelación.
Y se quedo allí sentada en el borde de la parte trasera del camión, con la mirada perdida.

-¡Hey, Dana! Vamos, despierta, ya quedas poco, luego podrás descansar – Marcus el saco de su ensoñación. Ella pensó en preguntarle tantas cosas, quería hablar con él, incluso sintió el deseo de besarle y poner a fin a su relación y a la de Marcus, pensó en que las cosas volverían a ser como antes. Pero ya nada volvería ser como fue.

-Si, perdona, solo estaba pensando – dijo Dana, sonriéndole.
-Ay…en que estarás pensando… - dijo Marcus con un tono bastante peculiar
-En…nada, cosas mías – contesto Dana, y metió otra caja en el camión.