jueves, 4 de febrero de 2010

Nº 10: SOLO

El invierno había caído hacia ya unos días. La nieve cubría su casa, su jardín, los antiguos lugares en los que jugaba y reía con su familia y que ahora le parecían tan fríos y distantes como el propio invierno.

Sentado en el viejo sillón de la salita de estar, recordaba momentos vividos, sabía que si había algo en el mundo que nunca podrían quitarle, eran esos recuerdos. Ya le había quitado todo lo que más quería, a su familia y a su novia. Le habían quitado a su padre cuando era el único que le quedaba. Fue fusilado aquel septiembre que nunca olvidaría y desgraciadamente, no por haber sido uno de los mejores de su vida.

Tras pasar tanto tiempo encerrado, comiendo lo que nunca hubiera jurado que comería, y tan solo porque el hambre siempre le ganaba la partida, tan solo porque sabía que si jugase a ganar con el hambre, la muerte lo esperaría después y no podría ganar a los dos, nadie podría. Aunque hubo quienes lo intentaron, todos fracasados, todos muertos.

El había burlado a la muerte tantas veces que en ocasiones llego a pensar que ya estaba muerto, pero esa idea se borraba rápidamente de su cabeza al recorrer con su mirada el desolador panorama que le rodeaba y convencerse a si mismo que aquello no podía ser el cielo, ni siquiera el infierno, porque era peor que el infierno, estaba seguro.

Y después de tanto dolor, pena y sufrimiento, había regresado a casa, pero ya no había nadie allí, tan solo estaba él, él y su dolor, él y su pena, el, solo él. Recordó como había llegado hasta allí. Lo habían capturado junto a su padre y los enemigos, se disponían a darles muerte a los dos con sendos y certeros disparos de sus rifles. Sin que nadie hubiera reparado en ello, el se percato de que la soga con la que le habían atado pies y manos no estaba lo suficientemente ajustada. Aprovecho un momento de confusión entre los soldados enemigos y antes de que le colocaran la capucha en la cabeza se soltó con maestría y salió huyendo despavorido de allí, dejando atrás a su padre, atónito y aun pudo ver como una bala cruzaba su cabeza.

Recorrió varios bosques, tuvo que cruzar ciénagas y lodazales y buscar cobijo en las cuevas que hallaba cruzando las altas montañas. Siempre alerta y durmiendo con un ojo abierto. Durante semanas, se alimento de los pocos animales que cazaba y pescaba y de las frutas que lograba alcanzar.
Un día, diviso en la lejanía una granja, apartada del mundo y aparentemente deshabitada, pero se llevo una enorme sorpresa al ver que allí residía un antiguo militar del ejército enemigo. Le conto su historia, su viaje, y el antiguo soldado, que había jurado que ya nunca volvería a matar a nadie más, y que estaba intentando limpiar su alma realizando buenas acciones le acogió en su casa, dándole comida y cama durante otras tantas semanas, a cambio de su trabajo y esfuerzo físico.

Nunca olvidaría la mañana en la que el soldado lo despertó diciéndole que todo había acabado y que podía regresar a su casa, nunca olvidara aquel momento en el que no pudo dejar de soñar con volver a su familia, pero al regresar a su hogar, tras despedirse del antiguo militar, sus sueños se destrozaron al ver que tan solo quedaba él.

Pero nunca se rindió, nunca pensó en dejarlo todo y poner fin a su vida, continuo luchando y siguió viviendo en la casa donde desde pequeño había vivido, donde había crecido junto a su familia, que realmente nunca se fue del todo, pues durante muchas noches, sus hermanas y su madre le visitaban y él hablaba con ellas. Pero su padre nunca apareció. No sabía si eran sueños, o era la realidad, o una mezcla de las dos, ideas de su cabeza, que tan solo aparecía en aquellos días en los que no hallaba por ninguna parte la manera de dormir, pensando siempre en su padre, al que había abandonado allí, al que había visto morir, pero “¿Qué podía hacer yo?” se preguntaba a medianoche, “yo hice lo único que pude hacer, salvar mi vida…” y quizá tuviese razón, pero a pesar de rezar a dios, de intentar contactar con su padre de mil y una maneras, este siempre se negaba a aparecer y cuando preguntaba a sus hermanas o a su madre por él, siempre le decían “El ya no quiere verte, lo siento”.

Muchas noches, mientras sollozaba con la cara aplastada contra la almohada, rogaba a dios que cumpliera el único deseo que jamás le había pedido, pero su padre nunca apareció.

No hay comentarios:

Publicar un comentario