jueves, 28 de enero de 2010

Nº 8: UN DIA DE SUERTE

Lo malo es que todo sigue igual. Las cosas no cambian para nadie. Hoy en día solo unos pocos afortunados pueden considerarse afortunados y Adrien no era uno de esos. No era un afortunado porque todo lo que intentaba le salía mal. No era un afortunado por tener que levantarse todos los días a las siete para ir a trabajar. No era una afortunado porque no tenía coche y tenía que coger el autobús todas las mañanas “¡Oh dios, odio el transporte público!”.

Pero así es la vida amigo, algunas personas están destinadas a ser infelices, unos fracasados en la vida y en el trabajo. Aunque ocurre que, a veces, esas personas son tocadas por una varita mágica. Alguien decide ahí arriba que ya está bien de pasarlo mal, “¿Por qué yo y no otro?”, oye guapito, ya tienes lo que querías, no hagas más preguntas.

Esta es la corta y resumida historia, el desagradable cuento con final feliz de Adrien Cotillard.

Adrien Cotillard amanecía cada mañana a las siete de la mañana. Salía de su pequeña casa, que no era más que un cutre y diminuto estudio, para dirigirse a un trabajo que no le gustaba nada, pero que al menos le daba de comer. Y cada día, soñaba con ser algún día director de cine, pues era el cine su mayor afición desde pequeño. Como su sueldo no le daba para comprar un coche en condiciones, tomaba el transporte público, que odiaba más que su trabajo. Caminaba durante veinte minutos para llegar hasta la fábrica donde trabajaba, la cual estaba semi-escondida en un bosque. Cruzaba un barrizal, un rio, un trozo de bosque. Cada día era una aventura, pero a Adrien dejaron de hacerle gracia las aventuras hace tiempo.

Cuando llegaba a la fábrica, maldecía a sus compañeros que llegaban en coche. Un coche que habían comprado con su sueldo, porque ellos eran realmente importantes en aquella fabrica. En cambio, Adrien, solo era el chico de la limpieza. Y era el chico de la limpieza en aquella fábrica, porque aquella fábrica fue la única que quiso contratarle, teniendo en cuenta sus numerosos defectos. Realmente, en aquella fabrica, nadie conocía todos los defectos de Adrien, nadie conocía todos sus “secretos”, pero si los más llamativos. Y es que dejando a un lado su calvicie y su horripilante blanquecina piel, Adrien era tartamudo, sufría de párkinson y de una ligera cojera que le obligaba a detenerse y tomar aire cada tres pasos.

Con todos esos defectos entraba a trabajar cada día con una sonrisa, forzada en muchas ocasiones. Limpiaba, ordenaba y relimpiaba todo lo que debía y lo que no debía porque en realidad trabajaba más de lo que tenía que trabajar y cobraba menos de lo que tenía que cobrar. Pero si hacia horas extras no era porque fuese una dicto al trabajo, era porque no quería que llegara el momento de regresar a casa y lamentarse por su desdichada vida mientras miraba el televisor hasta las tantas.
Un día, su pésima suerte cambio de golpe. El salió de la fábrica el último, como cada día. Como sus compañeros le consideraban un apestado nadie le acercaba a casa y le tocaba cruzar el bosque, el barrizal y el rio para llegar a la parada del autobús, en ocasiones con tan mala suerte que el ultimo bus ya había pasado y tenía que quedarse esperando el siguiente durante horas. Pero ese día ni siquiera tendría que llegar a la parada del autobús.

Decidió, por primera vez, sentarse en una roca que había a la orilla de aquel rio, para pensar. Por su cabeza se pasaban muchas frases, muchos recuerdos, muchas palabras. Recordaba a su familia, la cual había muerto casi por completo, y los que no estaban muertos no querían saber nada de él.

De pronto escucho una voz “Adrien…” ¡Alguien le llamaba! Al principio confundió aquella voz con sus pensamientos, pero la voz insistía y cada vez la sentía más cercana.

-Adrien… - alguien lo llamaba. Estaba detrás de él. Adrien se giro, al principio muy asustado, pero como hacía tiempo que pensaba que las cosas ya no podían irle peor, su miedo y su vergüenza casi habían desaparecido por completo.

Detrás de él había un hombre negro, vestido con un esmoquin blanco, de pelo canoso y una brillante barba blanca. Le sonreía y le miraba de una manera muy amable y muy peculiar a la vez. Adrien se sintió feliz por primera vez en mucho tiempo.

-¿Tu eres Adrien, no? – le dijo el señor de blanco. Adrien solo acertó a decir un monosílabo.
-Si – dijo.
-Bueno, veras Adrien – el hombre se aclaro la garganta al tiempo que se sentaba junto a Adrien en la roca. Este ni se inmutó – seguramente te estés preguntado quien soy, que hago aquí, si voy a hacerte daño…deja todas esas preguntas a un lado – el hombre seguía hablando mientras le sonreía – lo que importa es que estoy aquí, porque alguien ha decidió que ya lo has pasado mal durante demasiado tiempo – Adrien iba a hablar, pero el hombre de blanco le indicó con un leve gesto que no lo hiciera – déjame acabar. El caso es que, esto se ha acabado. Tu triste vida, ahora será feliz, tú serás feliz. Pero tienes que prometerme una cosa si quieres que te conceda este deseo
-Lo…lo que s…sea- dijo Adrien
-Tienes que prometerme que intentaras ser tan bueno como lo has sido hasta ahora, quiero decir que no te corrompas nunca, porque eres puro y necesito que lo sigas siendo, ¿Lo harás? – le pregunto en hombre de blanco, sonriéndole.
-Cla…claro – respondió Adrien. Estaba muy confuso, pero estaba feliz, entusiasmado.
-Bien, pues ahora vete a dormir y disfruta de tu nueva vida – el hombre de blanco se levanto de la roca. Comenzó a caminar sin mirar a Adrien en ningún momento hasta que por fin se perdió en la espesura del bosque.
Aun confundido, Adrien se levanto y se dirigió hacia su casa.

Nada había cambiado, tuvo que coger el autobús como todos los días para regresar a casa. Su estudio era el de siempre, pequeño y frio. Su cojera permanecía, su aspecto era el mismo.
Intentando no pensar en lo que había pasado se metió en la cama y aunque le costó dormirse, al final lo consiguió.

Al día siguiente se despertó a las siete de la mañana como cada día y se dirigió hacia el pequeño lavabo que estaba a escasos pasos de su cama, pero, “Un momento, ¡Esta no es mi casa!” Efectivamente no lo era. Su habitación había cambiado por completo, era espaciosa, era agradable y era…preciosa. Adrien no podía creérselo. Se froto los ojos, se pellizcó, pero aquello no desaparecía. Se metió en el baño y al mirarse en el espejo se asusto sobremanera. Allí, se reflejaba un hombre realmente guapo, con un pelo largo y moreno con destellos rubios y unos ojos verdosos. Era alto, robusto, atlético.

Adrien estaba tan perplejo que volvió a sentarse en su cama sin reparar en que ya no estaba cojo. Un móvil empezó a sonar sobre un escritorio que antes no estaba allí, pero él no tenía móvil. Contrariado lo cogió y contesto, tan contrariado que no reparo en que ya no tenia párkinson.
-¿Si, quien es? – pregunto asustado, pero tan asustado que no reparo en que su tartamudez había desaparecido.
-¿Dónde estás Adrien? – Le decía nerviosa una voz – Vamos a empezar a rodar ya y no podemos empezar sin el “Gran Jefe” – A Adrien se le escaparon las lagrimas y contesto “Enseguida voy” aunque no sabía dónde, pero ya pensaría como llegar hasta donde fuera, porque sentía que podría llegar donde quisiera.

Y desde aquel día fue feliz.

3 comentarios:

  1. eres un crack!!!!!!!!
    ves como también se te dan bien los finales felices?

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  2. ¿Le vas a hacer una segunda parte? Estaría bien...

    Bss!!

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  3. no se, en principio son solo relatillos que hago en el momento si alguno me gusta igual lo sigo

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